Mitos y héroes clásicos en el siglo XXI. Deméter en el IES ÍTACA

 




Todos los personajes de este relato son una reinterpretación de los mitos clásicos y NO existe ninguna relación de sangre entre ellos, a parte de las mencionadas explícitamente.


Un pitido infernal me saca a rastras de lo que parecía el campo más bonito que jamás había visto, y nada más abrir los ojos frunzo el ceño. No debí quedarme leyendo hasta tarde. Apago el despertador mientras un gruñido escapa de mis labios y me incorporo. Acaricio distraída a mi gata Perséfone, que se ha subido a la cama para saludarme, como siempre. La dejo en el suelo con cuidado antes de dirigirme trastabillando al cuarto de baño para lavarme la cara y despejarme. No tardo mucho, pero cuando me dirijo a la cocina para desayunar algo, mis padres ya están vestidos y tomando sorbos cuidadosamente medidos de dos tazas de café iguales.


  — Cariño, ¿no llegas tarde? — Comenta mi padre sin levantar la vista de un reloj de bolsillo de aspecto antiquísimo que está escudriñando. Es relojero, y su trabajo parece más un modo de vida que una profesión.

  — Si papá, gracias por el inciso. Hola, mamá — Le doy un rápido beso en la mejilla a mi madre antes de empezar a sorber con cuidado la taza de té que ya ocupa mi parte de la mesa.

  — Hola cielo. ¿Qué te pasa en la cabeza? — Me palpo con cuidado mi maraña de rizos rubios y no noto nada extraño.

  — Que no me he peinado aún. — 

  — Ah, si, eso debe de ser. Cronos, por el amor de los dioses, deja ese trasto y desayuna como una persona normal. 


Él levanta la cabeza y suspira mientras envuelve el reloj de nuevo en un suave trapo de terciopelo para evitar que se estropee. El aparato parece a punto de sucumbir ante las gigantescas manos de mi padre, pero sé que a pesar de su aspecto de guardaespaldas de élite, nadie es más delicado que él a la hora de tratar los delicados mecanismos de los relojes a los que dedica la mayor parte de su tiempo. Mi madre en contraposición, es una mujer pequeña, de aspecto inofensivo, pero sé de primera mano lo intimidante que puede llegar a ser. 

Yo he heredado su altura, y la corpulencia de mi padre, aunque a veces desearía que hubiese sido al revés. Habría sido una combinación que probablemente habría dado como resultado una supermodelo, pero así son las cosas.

  

  — Démeter, debes cambiarle la arena a Perséfone antes de irte. — 

  — Rea, ya lo haré yo. Dem, date prisa y vístete. — Mi padre me guiña un ojo y le miro agradecida mientras doy el último sorbo a mi té y me dirijo a mi habitación para vestirme. Mientras me estoy enfundando en un grueso jersey de lana verde y unos pantalones de pana color beige, me llega un mensaje de mi mejor amigo Hermes.

“ya estamos abajo”

Mierda. Me pongo las botas y me cepillo el pelo, que hoy parece aún más caótico de lo habitual, a la velocidad del rayo. Vivo al lado de la estación de tren, por lo que Hermes y mi otra mejor amiga, Atenea, me esperan abajo todos los días para coger el tren juntos, a pesar de que han llegado tarde en más de una ocasión por mi culpa.

Dirijo una rápida mirada a mi balcón, y examino por encima todas las macetas que he ido acumulando. Cuando vuelva a medio día, debo recordar comprar fertilizante para las prímulas.


Cojo mi mochila y salgo por la puerta más corriendo que andando. Llego al portal y Atenea me observa divertida. Ella nunca llega tarde. Que yo sepa, nunca hace nada mal. Se alisa con una mano la falda perfectamente planchada mientras se atusa el pelo corto y castaño, y sonríe.

  — Dem, espero que esta vez te hayas acordado de traer el trabajo de Fundamentos del Arte. — 

Frunzo el ceño tratando de recordar si lo tengo, pero unas décimas de segundo después, sonrío aliviada.

  — Lo metí en la mochila ayer por la noche. — 

Hermes sacude la cabeza y echa a andar con las grandes zancadas que le caracterizan. 

  — Déjala en paz. Bastante tiene con saber que le toca hacer el proyecto de Cultura Audiovisual con Artemisa. ¿Seguro que podrás estar cerca de ella sin desmayarte? — Ambos esbozan una sonrisa burlona y yo me sonrojo a mi pesar. Saben perfectamente que me gusta Artemisa desde el primer día, y me torturan con ello.

  — Oh, callaos. — 


El viaje en tren hasta el instituto transcurre de manera distendida, charlando y riendo. Todos vamos a la misma clase en el instituto Ítaca, cursando el primer año de Bachillerato de Artes.


Llegamos poco antes de que cierren las puertas y nos apresuramos a subir los tres pisos del edificio para llegar a nuestra clase. El profesor nos dedica una mirada que parece decir “siempre-igual-os-vais-a-ganar-quedaros-a-séptima” y me apresuro a ocupar mi sitio al lado de la ventana.


Siendo sincera, no me entero mucho de lo hablado en clase, aún estoy adormecida, pero trato de participar todo lo que puedo, se me da bien la filosofía. La siguiente clase es inglés, y llega un momento en que desconecto por completo. Miro a mi alrededor y casi todo el mundo está dibujando o con la mirada perdida, así que podría decirse que es un estado generalizado. Al acabar la clase intento ir a charlar un rato con Hermes y Atenea, pues se sientan lejos en clase, pero la profesora de lengua entra rápidamente y empieza a hablar de la importancia de Casandra en la Ilíada, así que me apresuro a sacar el cuaderno y empezar a tomar notas.


La clase pasa enseguida y cuando quiero darme cuenta, el timbre suena y me doy prisa para reunirme con mis amigos en la puerta de clase. Antes de poder llegar, me doy de bruces con Hades, que esboza una sonrisa burlona. La palabra más amable para describirlo sería idiota. Chocamos desde el primer día, y no le soporto, igual que él a mi. Sobre todos los demás parece ejercer un efecto de fascinación e intimidación a partes iguales. Bien es cierto que es inútil negar su evidente atractivo. Con esa silueta espigada, el pelo negro revuelto y la tez pálida, está a medio camino entre vampiro victoriano y estrella del rock. Y él lo sabe, por supuesto. Y lo utiliza. Si al menos fuese como Zeus, uno de sus amigos, sería mejor. Sería un idiota estúpido, en vez de un idiota inteligente / futuro maestro del mal. Sé que un día de estos tendremos un encontronazo, y no saldrá nada bien, pero no soporto ver como todos caen a sus pies con una sola mirada de sus ojos lánguidos. Por eso, intento mantenerme alejada.


  — Si las miradas mataran… — Hades se reclina en el marco de la puerta, impidiéndome el paso. Aprieto los dientes y de manera nada delicada, le doy con el hombro al pasar. Al menos esta vez he sabido ignorarle.


  — Por favor Dem, dime que no has matado a Hades y dado de comer sus restos a Perséfone. — Atenea me pasa un brazo por los hombros en cuanto consigo reunirme con ellos.

  — Algún día lo haré. Pero Perséfone es una gata vegetariana, mejor se lo daré de comer a ese perro enorme que tiene.

  — Pobre Cerbero. Es más bueno que el pan. — dice Hermes uniéndose a la conversación.


Ocupamos nuestro banco de siempre, y nos pasamos el resto del recreo hablando de la carrera que tiene que disputar Hermes al día siguiente (es miembro de un club de atletismo) y de los rifirrafes de Atenea con su hermana Afrodita. Nunca se han llevado bien, y son el ejemplo perfecto del cliché hermana inteligente / hermana guapa. También hablamos, a mi pesar, de mi dilema con Artemisa.

  — ¿Por qué no le pides salir? — Pongo los ojos en blanco y me preparo para repetirles los mismos argumentos de siempre.

  — Porque es perfecta. En serio, ¿La habéis visto? Además, yo no hago esas cosas y lo sabéis. Yo no le gusto a ella así que, ¿Por qué molestarme en ser rechazada?

  — Fenga ya, no shafes fi le gufhtash o no. — Hermes habló con la boca llena de sándwich de queso.

  — Nunca ha hablado conmigo a parte de cosas para clase.

  — Ni tú tampoco con ella y aquí estás, suspirando como un alma en pena. — recalca Atenea.

Abro la boca para protestar, pero la cierro al no encontrar ningún argumento válido. Ellos sonríen triunfantes, e intento pasar a otro tema.


El recreo termina y nos dirigimos de vuelta a clase. Fundamentos del Arte se pasa rápido, y Literatura Universal se torna bastante divertida al empezar la profesora a recitar poemas medievales con su entusiasmo habitual. A medida que se acerca la última hora, me voy poniendo más y más nerviosa. Seguro que acabo diciendo alguna tontería. Agh, qué horror. Me planteo encerrarme en el baño para no tener que ir a la última clase, pero no quiero perjudicar a Artemisa. Al fin y al cabo, es un proyecto en parejas. Solo un proyecto. Me voy repitiendo esto hasta sentarme en mi sitio asignado del aula de informática, pero eso no impide que me invada el nerviosismo. 


Cuando Artemisa entra por la puerta, es como una película, lo veo todo a cámara lenta. Ella se sacude el pelo corto estilo afro, y la luz de los fluorescentes brilla sobre su piel de ébano. Todo, desde los vaqueros desteñidos hasta el tupido jersey blanco parece sacado de un sueño No habría estado más guapa ni aunque el escenario hubiese sido un bosque iluminado por la luz de la luna, o la alfombra roja de los Óscars. Se sienta a mi lado y esboza una sonrisa radiante.

  — ¿Me recuerdas qué teníamos que hacer? — 

Me quedo unos segundos petrificada antes de contestar.

  — ¡Si! Eh, digo, si, tenemos que escoger una película y analizar el trabajo de fotografía.

  — Oh, genial. ¿Se te ocurre algo? Sé que te gusta mucho el cine.

Tengo la certeza de que mi cara tiene el aspecto de un tomate maduro en estos momentos.

  — Bueno… He pensado que alguna película de Wes Anderson podría estar bien… Pero solo si quieres claro. — 

  — No lo conozco, ¿Me enseñas alguna imagen? — 

Disimulo una inhalación profunda de aire, (tengo la vaga noción de que el oxígeno en el cerebro es importante) y procedo a enseñarle algunos planos icónicos del susodicho director. 


Poco a poco la conversación va fluyendo, y me sorprendo al notar que la sensación de abejas zumbando en mi estómago (si, lo de las mariposas es un mito) se ha desvanecido dejando paso a un suave calor, como una manta en un día lluvioso.

La clase acaba de repente, y es como si se rompiese un hechizo. Me froto los ojos mientras ella apaga el ordenador.


  — ¿Sabes? Me gustaría mucho ver alguna película de este director. Tal vez podríamos quedar para hacer eso, seguro que sabes muchas cosas de las que yo no me enteraría si la viese sola. — Habría malinterpretado por completo sus palabras de no haber sido por el guiño que las acompaña.

Parpadeo muy rápido un par de segundos hasta que reacciono.

  — Eh, si, digo, tal vez, digo… Me encantaría.

  — ¡Genial! Este es mi número. Escríbeme y me dices cuando tengas una tarde libre. También podemos ir hablando mientras tanto, si quieres. — Sonríe ampliamente — Debo irme, me espera mi hermano Apolo. Hasta mañana, Dem.


Sale de la clase y me quedo mirando a la puerta lo que a mi me parecen unos segundos, pero probablemente son diez siglos.

Finalmente, salgo de allí y me reúno con Hermes y Atenea en la puerta de salida.


  — ¿Y? ¿Qué tal ha ido? — Atenea me coge del brazo, ansiosa por saber.

  — No lo sé, aún sigo aturdida. Pero a grandes rasgos creo que me ha dado su número y que tenemos una cita. — 

Los dos me miran con los ojos como platos, hasta que estallan en gritos agudos y expresiones de sorpresa, y yo no tardo en unirme a ellos.

  — Dem, eres la persona con más suerte que he conocido, en serio. — Hermes me palmea la espalda sin dejar de sonreír. Creo que yo no podré dejar de sonreír en lo que queda de siglo.


Nos montamos en el tren y nos despedimos al llegar a mi portal, aunque antes me detengo a comprar el fertilizante para mis plantas en la tienda de la esquina.

Subo las escaleras a saltos, y cuando abro la puerta, Perséfone me recibe con un maullido lastimero. Le acaricio las orejas suavemente y me dedico a adecentar mis plantas antes de comer. Cuando termino mis tareas, me dejo caer en el sofá, aún con una sonrisa en los labios (aunque sospecho que empieza a parecer más una mueca maníaca). Hoy ha sido un buen día.

Diana García. 1BAW




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